La siguiente es una historia real.
Una publicista muy cargada de trabajo ha pasado un largo tiempo demasiado llena de cosas que hacer como para despejar su mente. Un día de trabajo cualquiera se marea, se levanta de la silla y se desmaya. Sus compañeros van en su auxilio y, sin que nadie pudiera preverlo, convulsiona. Asustados, notan como excremento, líquido y sólido, sale de sus esfínteres. No hallan qué hacer. Al rato despierta, ante el desconcierto de todos. Se disculpa avergonzada. Va al baño, se limpia. Y, de repente, cae. Muere. ¿El asesino? El estrés. Y no es broma.


