Nirvana

Por Manuela Moore Rueda

 

Siempre me he preguntado por qué algunos adultos llaman “chogüí” a toda chuchería salada de color amarillo… Descubrí mi particular fetiche a los cinco o seis años, cuando le regalé un paquetico de Pepitos a la señora Chila. Me quedé mirándolo fijamente, aunque no quería que me diera. Oí el particular sonido del empaque abriéndose, el plástico metalizado crujiendo: me dio un escalofrío y sentí como un sueñito. Agarró el primer palito –el amarillo Nº 5 estaba tan concentrado que lo hacía ver anaranjado–, metió en su boca el cilindrito con forma de maní y me estremecí ante el primer crujido. Una sensación placentera y embelesada se regó por mi cuerpo; no quería dejar de ver, no quería dejar de oír.

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El autobús

Por Manuela Moore

La semana pasada llegué al autobús en la rayita, me había quedado más tiempo del necesario en el metro. La cuestión es que se montó un señor diciendo algo sobre una enfermedad y ofreciendo tarjeticas con vírgenes y oraciones por algo de real. Yo le dije que a mí no me diera ninguna, porque sinceramente esas cosas no van conmigo; de todas maneras, le di quinientos bolos –o medio bolívar fuerte, ya que hay que irse acostumbrando–.

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La casa

Por Manuela Moore
Lleno de infancia, de juguetes, de vida, estaba ese espacio; testigo de juegos y peleas, amores y desamores. Convivía en un mundo de disputas matutinas, rutina, en el cual la criatura chillaba, luego de largo rato, para acabar con un griterío donde las palabras –al igual que cuchillos– herían, dolían, desgarraban el alma –creando cicatrices incurables, dejando llagas dolorosas–.
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