La Villa del Cine. Rememorar el pasado, apoyar al presente, hacer el futuro

Puede sentirse como un viaje en el tiempo, entre cuidadas casas coloniales, antiguos objetos, peinados añejos y apretados corsés. Pero, ante la analogía, una nota discordante revela la ilusión: modernas filmadoras, pantallas de luz, innumerables cables, cantidades de aparatos tecnológicos y un ajetreo de personas cuyos ropajes –franelas y pantalones– envidian la elaborada suntuosidad de los siglos XVIII y XIX. ¿Inconcordante ensueño, delirio o viaje entre dos dimensiones espacio-tiempo? No. Hablo, pues, de un fragmento de ese mundo llamado «cine» –tierra en la que el guión, a través de su propia crisálida, puede convertirse en película–; de un lugar donde la producción nacional, la memoria histórica y el pensamiento crítico son cosa de todos los días. Hablo, pues, del gran motor del séptimo arte en Venezuela. ¿Su nombre? La Villa del Cine.

Por Manuela Moore

La Villa del Cine 2

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Expresando heridas. Pier Paolo Pasolini y Saló o los 120 días de Sodoma

Por Manuela Moore 

Saló

Yo vivía como puede vivir un condenado a muerte
Siempre con esa inquietud como una cruz
–deshonra, desocupación y miseria–.
Pier Paolo Pasolini

Pasolini, “el pequeño burgués que lo dramatiza todo” –denominación que se da reflexivamente con cierto dejo exomologético cubierto, quizás, del enrojecimiento propio de la vergüenza– se vio sumido en la pobreza, el sufrimiento, el trabajo duro, el desempleo, la agonía, el hambre, la persecución, la muerte, la vejación, la injusticia, la homosexualidad, el racismo, el terror, la culpabilidad, el marxismo, el padecimiento, la represión, las ganas de morir y, sobre todo, la poesía –único refugio donde podía encontrar la solución a todos los problemas–. Sin embargo, llegado un momento, decidió abandonar su elemento catártico –o quizás más bien este decidió abandonarlo a él– enfocándose en otro arte: el cine.

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