La monotonía y sus Maneras de gastar nuestro tiempo

 

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Por Manuela Moore

“Tantas cosas que hacer, tanto que ver y tan poco tiempo” es una típica frase que alguien típico, como nosotros, diría. El tiempo es relativo, Einstein tenía razón; nos engaña con facilidad. Pasamos toda la niñez y adolescencia deseando crecer y que pasen todos los “largos años” que faltan para ser adulto y, más rápido que volando, se nos cumple el deseo; nos sentimos en el aire y pensamos ¿ahora qué?; entonces deseamos ser niños de nuevo y que todo sea tan simple como antes. ¿Por qué el tiempo pasa “tan rápido”?, ¿por qué “no nos da tiempo” de hacer cosas que vayan más allá del día a día?, ¿por qué decimos que no tenemos tiempo?

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Romeo y Julieta: dos amantes, una desgracia

Por Manuela Moore

Occidente ha tenido, desde épocas ancestrales, una fuerte relación con el amor y la muerte, que alcanza sus momentos álgidos, en general, en las eras artísticas anti-clásicas: el Romanticismo de la Grecia Antigua, la Edad Media, el Barroco y el Romanticismo del siglo XIX. Dicho triangulo amor-muerte-Occidente ha abarcado desde relatos como el de La dama de las camelias, de Alejandro Dumas (hijo), hasta –hoy en día– relatos cinematográficos como Moulin Rouge, de Bahz Luhrmann, o Titanic, de James Cameron.
Manuela Moore Rueda

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Curso electivo: “Oficio: lector”. Profesor: Luis Yslas

Algunos profesores prefieren evitar los exámenes. Algunos piensan que la escritura reflexiva exige un tiempo y un espacio imposible de obtener en apenas unas pocas horas de prueba en un aula. Algunos profesores son como Luis Yslas, de esos que prefieren calidad antes que rapidez: reflexión antes que agilidad. Porque todo buen vino debe añejarse antes de ser consumido.

Por Manuela Moore

 Luis Yslas

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Expresando heridas. Pier Paolo Pasolini y Saló o los 120 días de Sodoma

Por Manuela Moore 

Saló

Yo vivía como puede vivir un condenado a muerte
Siempre con esa inquietud como una cruz
–deshonra, desocupación y miseria–.
Pier Paolo Pasolini

Pasolini, “el pequeño burgués que lo dramatiza todo” –denominación que se da reflexivamente con cierto dejo exomologético cubierto, quizás, del enrojecimiento propio de la vergüenza– se vio sumido en la pobreza, el sufrimiento, el trabajo duro, el desempleo, la agonía, el hambre, la persecución, la muerte, la vejación, la injusticia, la homosexualidad, el racismo, el terror, la culpabilidad, el marxismo, el padecimiento, la represión, las ganas de morir y, sobre todo, la poesía –único refugio donde podía encontrar la solución a todos los problemas–. Sin embargo, llegado un momento, decidió abandonar su elemento catártico –o quizás más bien este decidió abandonarlo a él– enfocándose en otro arte: el cine.

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Corta y llena de mierda

A Raf Muñ

Por Manuela Moore

Puto infierno de acelgas
Soledad de gritos y ventanas
Te fuiste por el cazón
y a mí ni el jugo de naranja
Catorce años de mesones mostaza
Notas de advertencia me acosan
El encierro, el encierro
La escoba me amenaza
Lagrimas de cucarachas bajas en colesterol
Y centrifugaba con la luna
El sacrificio de escaleras
Y columnas
Y cabezas
Y dolores
Los conejos de colores se asoman por mi cadera
Y el pañal de niños está lleno de vida
De reglas
De pastas
Me voy, me voy al carrusel de tupperwares
Colas
Y esfinges
Déjame tan solo la deshilachada infancia

Me contagié de crepusculismo

Llegó a mí, en un momento en el que realmente necesitaba distracción, el famoso libro negro de atractiva portada en la que dos manos espectralmente blancas sostienen una roja manzana. Mis primas me lo prestaron enloquecidas de fanatismo, queriendo contagiarme la sensación, el virus. Crepúsculo, rezaba la portada; mientras la contraportada contrapunteaba revelando información importante, pero intrigante. Y yo, que estaba realmente ávida de cursilería, dejé a un lado Crimen y castigo de Dostoievsky para aventurarme en un affair con un bestseller.

Por Manuela Moore Rueda

Crepúsculo

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Nirvana

Por Manuela Moore Rueda

 

Siempre me he preguntado por qué algunos adultos llaman “chogüí” a toda chuchería salada de color amarillo… Descubrí mi particular fetiche a los cinco o seis años, cuando le regalé un paquetico de Pepitos a la señora Chila. Me quedé mirándolo fijamente, aunque no quería que me diera. Oí el particular sonido del empaque abriéndose, el plástico metalizado crujiendo: me dio un escalofrío y sentí como un sueñito. Agarró el primer palito –el amarillo Nº 5 estaba tan concentrado que lo hacía ver anaranjado–, metió en su boca el cilindrito con forma de maní y me estremecí ante el primer crujido. Una sensación placentera y embelesada se regó por mi cuerpo; no quería dejar de ver, no quería dejar de oír.

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Intercambio

Por Manuela Moore

Cuando en la luz se va la noche
Las mariposas se llenan de estomago,
La gallina se pone de piel,
Las bocas salen de los gritos
Y las despensas de las velas.

Cuando en el agua se va el día
El calor se llena de cuerpo,
El sucio se vuelve mundo,
El asco es una vida
Y la necesidad una higiene.

Cuando en la coherencia se va la lengua
El sentido no tiene palabras,
La aparición hace su poesía,
La imagen es accidente
Y el enredo es felicidad.

Un vaso de chocolate en la mañana

Por Manuela Moore
Es la mejor forma de empezar el día. Luego de un largo sueño un refrescante vaso de dulce chocolate es lo más esperado; la pareja perfecta de la flojera matutina.
Desde el momento en el que empiezan a oírse el abrir y cerrar de gabinetes y el reiterado sonido del batidor golpeando el vaso de vidrio, al mezclar las cucharadas de delicioso cacao procesado, el sueño termina: el momento más anhelado del día ha llegado.
Se acerca el vaso a la cama y, sosteniéndolo a él, ella: la hacedora del manjar líquido. Una sonrisa se asoma en la flojera con forma de cuerpo, que se incorpora lo suficiente para alcanzar el vaso. La boca se hace agua mientras agradece. Los dedos sienten la frialdad del cilindro y el exquisito aroma llega rápidamente. La superficie del deseado líquido es toda un cúmulo de diminutas burbujas de aire, a veces formando figuras o letras; generalmente simulando una circular y chata montaña.

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El autobús

Por Manuela Moore

La semana pasada llegué al autobús en la rayita, me había quedado más tiempo del necesario en el metro. La cuestión es que se montó un señor diciendo algo sobre una enfermedad y ofreciendo tarjeticas con vírgenes y oraciones por algo de real. Yo le dije que a mí no me diera ninguna, porque sinceramente esas cosas no van conmigo; de todas maneras, le di quinientos bolos –o medio bolívar fuerte, ya que hay que irse acostumbrando–.

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