Nirvana

Por Manuela Moore Rueda

 

Siempre me he preguntado por qué algunos adultos llaman “chogüí” a toda chuchería salada de color amarillo… Descubrí mi particular fetiche a los cinco o seis años, cuando le regalé un paquetico de Pepitos a la señora Chila. Me quedé mirándolo fijamente, aunque no quería que me diera. Oí el particular sonido del empaque abriéndose, el plástico metalizado crujiendo: me dio un escalofrío y sentí como un sueñito. Agarró el primer palito –el amarillo Nº 5 estaba tan concentrado que lo hacía ver anaranjado–, metió en su boca el cilindrito con forma de maní y me estremecí ante el primer crujido. Una sensación placentera y embelesada se regó por mi cuerpo; no quería dejar de ver, no quería dejar de oír.

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Un vaso de chocolate en la mañana

Por Manuela Moore
Es la mejor forma de empezar el día. Luego de un largo sueño un refrescante vaso de dulce chocolate es lo más esperado; la pareja perfecta de la flojera matutina.
Desde el momento en el que empiezan a oírse el abrir y cerrar de gabinetes y el reiterado sonido del batidor golpeando el vaso de vidrio, al mezclar las cucharadas de delicioso cacao procesado, el sueño termina: el momento más anhelado del día ha llegado.
Se acerca el vaso a la cama y, sosteniéndolo a él, ella: la hacedora del manjar líquido. Una sonrisa se asoma en la flojera con forma de cuerpo, que se incorpora lo suficiente para alcanzar el vaso. La boca se hace agua mientras agradece. Los dedos sienten la frialdad del cilindro y el exquisito aroma llega rápidamente. La superficie del deseado líquido es toda un cúmulo de diminutas burbujas de aire, a veces formando figuras o letras; generalmente simulando una circular y chata montaña.

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El autobús

Por Manuela Moore

La semana pasada llegué al autobús en la rayita, me había quedado más tiempo del necesario en el metro. La cuestión es que se montó un señor diciendo algo sobre una enfermedad y ofreciendo tarjeticas con vírgenes y oraciones por algo de real. Yo le dije que a mí no me diera ninguna, porque sinceramente esas cosas no van conmigo; de todas maneras, le di quinientos bolos –o medio bolívar fuerte, ya que hay que irse acostumbrando–.

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La casa

Por Manuela Moore
Lleno de infancia, de juguetes, de vida, estaba ese espacio; testigo de juegos y peleas, amores y desamores. Convivía en un mundo de disputas matutinas, rutina, en el cual la criatura chillaba, luego de largo rato, para acabar con un griterío donde las palabras –al igual que cuchillos– herían, dolían, desgarraban el alma –creando cicatrices incurables, dejando llagas dolorosas–.
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