La civilización barbárica

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Por Manuela Moore

Civilización y barbarie es el tema principal de la novela fundacional venezolana, Doña Bárbara. Rómulo Gallegos, el escritor de tendencia positivista, imaginaba, a través de Santos Luzardo, llanos llenos de casas y ferrocarriles; imaginaba el llevar la “luz” a la “oscuridad”; imaginaba el progreso: la civilización que acabara con la barbarie. Hoy en día el ser humano vive el paulatino avance que deseaba el ex-presidente; una evolución civilizatoria que bien podría ser considerada una involución.

Hemos entrado en una barbarie. No ha habido invasiones. Después de todo, los bárbaros portan una energía que avigora civilizaciones cansadas.
En nuestro tiempo es nuestra sociedad la que, revestida de progreso, se barbariza. Se trata de una destructividad “inteligente”. Hay algo tanático en el progreso que conocemos (19).

Nunca hay que subestimar el poder de la barbarie sobre la civilización; es bien sabido que los bárbaros acabaron con el Imperio Romano y que la naturaleza puede destruir ciudades. De un tiempo para acá dividimos el mundo en lo que es civilizado y lo que es barbárico o que está relacionado con la naturaleza, pero ¿es realmente la civilización lo contrario a la barbarie? Evidentemente la paradójica realidad responde a esto: hoy vivimos en el oxímoron, en la dualidad de una civilización barbárica.

La civilización acaba con bosques para agrandar ciudades; extingue flora y fauna a diestra y siniestra, sin realmente preocuparse por la salud del mundo. Solo tiempo después empiezan las añoranzas: “¿Qué habrá pasado con las ranitas? Hace mucho que no veo ni una por acá”, “María, ¿hace cuánto que no vienen los pajaritos esos?”, “coye, ¿y las florecitas bonitas que antes había qué se hicieron?”… Y así muchas más.

El ser humano no se suele preguntar qué sentirá una ardilla viendo que el árbol donde anida está siendo derribado, junto a todo el bosque que lo rodea; ni cuánto le afectará al elefante andar sin un colmillo; ni se le ocurre pensar que está mal cortar o pisar vegetación endémica; o dudar a la hora de hacer planes turísticos a zonas de ecosistemas delicados.

Hemos olvidado nuestra esencia y nos elevamos –como elevan muchos literatos a la poesía– por encima de la naturaleza. Somos como los cerdos de Rebelión en la granja: olvidamos que estamos hechos de vísceras y bacterias; que la base de nuestras vidas se basa en comida, descanso y reproducción; que la ideología, la religión, el amor y todas esas cosas intangibles son complicaciones innecesarias ante la sencillez de la existencia. Somos animales y lo hemos olvidado; nos separamos del mundo natural y somos tan egocentristas que creemos que todo lo que hacemos es más importante que la naturaleza. La paradoja es que somos parte de ella.

Para esta civilización la naturaleza es un estorbo; una barbarie verde llena de bichos y animalejos desagradables que debe ser exterminada para el progreso. El ser humano llegó a elevarse hasta tal punto que llegó a creer que podía dominar las fuerzas naturales. Bien dijo Simón Bolívar –y Hugo Chávez repitió–: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”; frase dicha después de un terremoto –por Bolívar– y antes de un deslave –por Chávez–: desastres naturales donde la “barbarie”, en una especie de venganza rebelde, demuestra su poder.

La propia actividad de dominio sobre la naturaleza que realizan los hombres los ha alucinado haciéndolos olvidar el fundamento. Tal vez pensaron que podían “manejarla” y “manejar” la esfera de lo humano, como pretenciosamente se suele decir hoy, pues la palabra se aplica de ordinario a Fuerzas que más bien nos manejan. No sabían que cuando se olvida el fundamento la esfera de lo humano se toma ingobernable, pierde sus proporciones, se desmide, se vuelve pesadilla -la que vivimos hoy. Por creer solo en la acción impositiva caemos en el caos, y los dioses de la tierra toman venganza (36).

Sin embargo, existen aún hombres acoplados a la naturaleza, hombres que conocen la totalidad de su cultura y carecen de consumismo: hombres simples y “barbáricos” que son capaces de cocinar, sembrar y cazar; hacerse utensilios cotidianos, como ropa, ollas y hamacas; construir casas; contar historias legendarias; y jugar. Existen aún los indígenas; esos hombres que han sido reiteradamente vejados por la civilización, esos que han sido relegados a un nivel inferior dentro de la sociedad y cada vez se ven más disminuidos junto con la naturaleza por los avances de la civilización.

El hombre convirtió la naturaleza en campo de conquista, en algo que existe para explotarse. Pero antes debe haber ocurrido una caída; el hombre tiene que haber perdido, si lo tuvo, el sentido del misterio. Tal vez sea esa falla radical lo que ha desatado a los demonios.
Hoy no existe una relación, aparte de la biológica, con el cosmos. El alma no participa como el cuerpo en este contacto, y así, también el cuerpo deja de sentirlo. Sobreviene entonces un embotamiento que amenaza con destruirnos (35).

Destruimos todo a nuestro paso para procurarnos bienestar; acabamos con los recursos del mundo y nos adueñamos de él como si realmente tuviéramos el derecho, como si fuera nuestro y tuviéramos el título de propiedad en la mano. Somos la enfermedad del planeta; los culpables del caos, de la extinción de animales y plantas, de la contaminación, del calentamiento global, etc. Somos el cáncer que va poco a poco matándolo todo y haciendo metástasis; somos realmente una catástrofe: el verdadero problema del mundo. El planeta debería hacerse una quimioterapia y acabar con nosotros antes de que acabemos con él, y con nosotros mismos, por el egoísmo que no nos permite dejar de contaminar y que cada día calienta más al mundo. Nos acercamos a un abismo del que no hay regreso: la civilización se ha barbarizado más que la “barbarie”, que se ha convertido en una víctima y sufre continuos maltratos y vejaciones. La civilización debería ir presa por maltrato antes de que mate a la naturaleza.

Deberíamos volver a lo primigenio, como Altazor; volver a ese pasado lejano en el que los hombres eran animales y vivían «salvajes», dentro de ecosistemas regidos por leyes desconocidas.

La inteligencia es peligrosa, puede convertir al humano –ese ser debilucho y lampiño que somos todos– en el depredador más grande del mundo: en un devorador de flora y fauna, en un devorador del planeta.

Bibliografía

Cadenas, Rafael. Anotaciones. Caracas: Fundarte, 1983.

14 de enero de 2009

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