
Por Manuela Moore
“Tantas cosas que hacer, tanto que ver y tan poco tiempo” es una típica frase que alguien típico, como nosotros, diría. El tiempo es relativo, Einstein tenía razón; nos engaña con facilidad. Pasamos toda la niñez y adolescencia deseando crecer y que pasen todos los “largos años” que faltan para ser adulto y, más rápido que volando, se nos cumple el deseo; nos sentimos en el aire y pensamos ¿ahora qué?; entonces deseamos ser niños de nuevo y que todo sea tan simple como antes. ¿Por qué el tiempo pasa “tan rápido”?, ¿por qué “no nos da tiempo” de hacer cosas que vayan más allá del día a día?, ¿por qué decimos que no tenemos tiempo?
“No hay sucesión de días, sino el mismo día que se repite, y por eso los antiguos afirmaron que el tiempo no existe” (Jaramillo, 1987: 95) Toda la vida el mismo día aunque el calendario y el reloj intenten engañarnos cambiando de segundo, minuto, hora, día, semana, mes o año; es cierto: no es que no tengamos tiempo, tiempo hay porque si tomáramos uno de esos días, gemelo de los demás, y lo convirtiéramos en uno de nuevas experiencias no habríamos vivido el mismo día de nuevo y habríamos descubierto el poder de la creación de días nuevos y diferentes. Ahora, ¿qué hace que nuestra vida sea igual siempre, que gastemos nuestro tiempo haciendo lo mismo en vez de descubrir un mundo de cosas nuevas? Esa aburrida que entra sigilosa en la vida de todos nosotros: ¡la monotonía! Deberían prohibirla por frígida, ¡está acabando con la pasión! Y además, sin importar el tiempo que desperdiciamos con ella, ¡zaz! Llegan los egoístas envueltos en su propio manto de déjá vu y nos restriegan en la cara lo que podríamos hacer; nos intentan convencer para que empleemos el tiempo –a su juicio– de la mejor manera, mientras ellos lo pierden de la misma manera que ayer y anteayer y el día anterior a ese.
El empresario que lo gasta en fabricar cosas, dice a
las gentes que lo gasten en consumir sus
cosas.
(…)
Pero el sacerdote nos pide devolvérselo a Dios, que
es su legítimo dueño.
Y los autores de libros quieren que lo empleemos en
leer lo que todos ellos han escrito.
Y los productores de cine nos dicen que la imagen es
lo único que merece nuestro tiempo.
Y los músicos creen que no nos va a alcanzar el
tiempo para escuchar toda la música que se ha
compuesto.
Pero los agentes de viajes ponen avisos en las
revistas diciendo que viajar es la mejor manera
de gastar el tiempo.
El gobierno cree, sin embargo, que la patria es la
única acreedora de nuestro tiempo, con derecho
y ley.
Pero nuestra amada, nadie como ella para creer tener
derecho a nuestro tiempo.
Hasta nosotros mismos pensamos en disponer de un
poco de tiempo, el día que nos sea posible.
Y mi padre me dijo que no lo gastara, sino que lo
guardara para la eternidad. (Jaramillo, 1987: 95)
¿Por qué la manipulación?, ¿por qué todos desean hacer que gastemos nuestro tiempo como ellos quieren?, ¿seremos nosotros iguales a ellos? Y lo peor: “el empresario”, “el sacerdote”, “los autores de libros”, “los productores de cine”, “los músicos”, “los agentes de viajes”, “el gobierno”, “nuestra amada”, “nosotros mismos” y hasta nuestro “padre” forman parte de nuestra monótona vida. Todo de un mismo color, todo de una misma manera siempre; vivimos el mismo día: lavarse la cara, comer, lavarse los dientes, bañarse, vestirse, ir a estudiar/trabajar, estudiar/trabajar, comer, lavarse los dientes, estudiar/trabajar, ir a nuestra casa, comer, lavarse los dientes, desvestirse, ponerse la pijama, entretenerse con algo, dormir y todo de nuevo; las medias blancas, un blue jean, una camisa negra, zapatos negros y un collar, ¿se perdió? Fue lo más emocionante del día.
Y luego uno piensa: yo he comprado; le he dedicado tiempo a Dios; he leído; he ido al cine; he escuchado música; he viajado; he pasado tiempo con mis seres queridos; he “manguareado” mucho y hasta he guardado tiempo para la eternidad acostándome tarde y desgastando mi cuerpo; pero no he hecho nada a profundidad. ¿Tendré que ser egoísta o emplear mis horas de vida como mejor le parezca a la gente?, ¿tendré que comprar y consumir hasta que mi tarjeta de crédito explote; volverme un “servidor del señor” de tiempo completo; leer hasta que mis ojos caigan al suelo de cansancio y mi cerebro caiga en coma por tanta información; oír música hasta explotar mis oídos; viajar hasta ser una momia llevada al New York’s Natural History Museum; dejar de trabajar, volverse “amo de casa” y perseguir a nuestros seres amados al trabajo ylo lugar de estudios; volverme la mejor imitación humana de una pereza hasta morir bostezando y podrirme de egoísmo; o suicidarme joven para así guardarle el tiempo del resto de mi vida a la eterna muerte?, ¿y si hiciera una cosa a la vez?, ¿lograría aparecer en el Record Guinness o ya he “desperdiciado” demasiado tiempo para lograrlo? Pero, ¡esperen! Si hiciera sólo alguna de esas cosas, ¿no estaría la monotonía apoderándose de nuevo de mí, aunque esta vez de modo distinto? ¡Sí!, ¿¡entonces como acabar con esa dictadura abusiva?!
Entonces queda sonando en la cabeza “Y mi padre me dijo que no lo gastara, sino que lo guardara para la eternidad” (Jaramillo, 1987: 95). Guardar tiempo para la eternidad… ¿querrá decir que busquemos una muerte temprana?, ¿no es la muerte eterna? –o al menos eso creo yo, siendo cristiana y dudando de la resurrección. El que murió murió, no hay vuelta atrás. Nada de fantasmas, ni almas en pena: a la gente le encanta el misterio y una buena historia truculenta– y, enfatizando más en esta pregunta, ¿no es irónico darle tiempo a la eternidad, sabiendo que ésta es un conjunto infinito de tiempo?, ¿no debería ser más bien al revés, que la eternidad nos prestara un poco del tiempo? No creo que le hiciera mucha falta, más bien pienso que no notaría la diferencia. Aunque, volviendo a la cita, guardarle tiempo a la eternidad suicidándose parece ser la mejor manera de acabar con nuestra monótona vida para acostumbrarnos a nuestra muy, pero muy, monótona muerte.
La verdad es que hagamos lo que hagamos –así gastemos el tiempo como quieren los demás que lo gastemos o como nosotros queremos– la monotonía siempre será la despótica dueña de nuestra vida y muerte; la que realmente gasta nuestro tiempo sin importar de qué manera lo empleemos. Ella siempre conseguirá estar allí presente, como el cáncer que acaba con el placer de todo; como una peste interminable.
Bibliografía
Jaramillo Escobar, Jaime. “Maneras de gastar el tiempo”, en Selecta. Tercer mundo editores. Bogotá, 1987.
Caracas, 24 de enero de 2007

