Romeo y Julieta: dos amantes, una desgracia

Por Manuela Moore

Occidente ha tenido, desde épocas ancestrales, una fuerte relación con el amor y la muerte, que alcanza sus momentos álgidos, en general, en las eras artísticas anti-clásicas: el Romanticismo de la Grecia Antigua, la Edad Media, el Barroco y el Romanticismo del siglo XIX. Dicho triangulo amor-muerte-Occidente ha abarcado desde relatos como el de La dama de las camelias, de Alejandro Dumas (hijo), hasta –hoy en día– relatos cinematográficos como Moulin Rouge, de Bahz Luhrmann, o Titanic, de James Cameron.
Manuela Moore Rueda

Dice Denis de Rougemont en el libro I –“El mito de Tristán”–, capítulo uno, de El amor y Occidente:

“Amor y muerte, amor mortal: si no es toda la poesía, es al menos todo lo que hay de popular, todo lo que hay de universalmente emotivo en nuestras literaturas [occidentales]” (15).

Partiendo de Romeo y Julieta, una de las primeras tragedias de Shakespeare –despreciada por muchos debido quizás, como dice Harold Bloom, a su popularidad–, pensemos en esta afición al amor sufrido. ¿Por qué hallamos tal atractivo en dicha obra?, ¿por qué tantos la leemos, la comentamos, la miramos o la adaptamos a distintos géneros artísticos?

La felicidad de los amantes solo nos emociona por la desgracia que acecha. Hace falta esa amenaza de la vida y de las realidades hostiles que la alejan hacia algún más allá. La nostalgia, el recuerdo, y no la presencia, nos emocionan. La presencia es inexpresable, no posee ninguna duración sensible, no puede ser más que un instante de gracia […] El amor feliz no tiene historia en la literatura occidental (Rougemont 54).

¿Plantea esto, entonces, una vida llevada al máximo, al exceso?, ¿refleja esto el miedo de una sociedad temerosa a la muerte que, a modo de catarsis, necesita de una vida intensa para justificar un desdichado fin?, ¿es esa vida de peligros tentadora y sensual por la proximidad de la muerte?, ¿es esta vida de excesos o faltas la causante de la catástrofe?

Y, por otro lado, ¿nos acordamos realmente durante la lectura de la desgracia que acecha? Ciertamente la obra se encarga de recordárnoslo continuamente, pero, aun así, tercamente muchos –si no todos– nos sujetamos a la esperanza de un final feliz; de un escape, de una salida o, más bien, de una llegada: la de Fray Lorenzo antes que la de Romeo al mausoleo de los Capuleto.

Manuela Moore Rueda Romeo y Julieta amor y muerte

“[…] nunca hubo historia más dolorosa que esta de Julieta y su Romeo”, dice el Príncipe como frase final de la obra (Shakespeare 126), y viene a nuestra mente un arsenal de frases –como un conjunto de premoniciones ligadas, durante toda la obra–: “[…] dos familias, iguales una y otra en abolengo, impulsadas por antiguos rencores, desencadenan nuevos disturbios, en los que la sangre ciudadana tiñe ciudadanas manos”, anuncia el prólogo (op cit 7); “Si en lo sucesivo promovéis nuevos desórdenes en nuestras calles, vuestras vidas pagarán el quebrantamiento de la paz”, regaña el Príncipe a Montescos y Capuletos (op cit 13); “[…] mi corazón presiente alguna fatalidad, todavía suspendida en las estrellas, comenzará amargamente su temible curso con los regocijos de esta noche y pondrá fin a la despreciable vida que encierra mi pecho por algún golpe vil de prematura muerte”, exclama Romeo antes de conocer a Julieta (op cit 29); “[…] ¡por la estirpe y honor de mi familia que le mataré a estocadas sin ningún remordimiento!”, amenaza Teobaldo a un Romeo que no llega a oírlo y más adelante añade: “¡[…] esta intrusión, que ahora parece dulce, se convertirá en amarguísima hiel!” (op cit 31, 32); “[…] la pasión les presta fuerza, y medios el tiempo para hallarse, compensando su extrema desgracia con extrema dulzura”, dice el segundo prólogo;“[…] no me alegra el pacto de esta noche; es demasiado brusco, demasiado temerario, demasiado repentino, demasiado semejante al relámpago que se extingue antes [de] que podamos decir: «¡El relámpago…!»”, reflexiona Julieta ante Romeo (op cit 42); “¡Cuánto temo, por ser ahora de noche, que todo esto no sea sino un sueño, demasiado encantador y dulce para que tenga realidad!”, se dice a sí mismo Romeo (op cit 43); “Despacio y con tiempo; que los que mucho corren se exponen a tropezar y caer”, aconseja a Romeo Fray Lorenzo (op cit 48); “Esos transportes violentos tienen un fin igualmente violento y mueren en pleno triunfo, como el fuego y la pólvora, que al besarse se consumen”, regaña Fray Lorenzo a Romeo (op cit 60); “¡Oh, Dios! ¡Qué negros presentimientos abriga mi alma…! ¡Se me figura verte ahora, que estás abajo, semejante a un cadáver en el fondo de una tumba!”, le dice Julieta a Romeo en su despedida y él le responde: “[…] ¡Sufrimientos horribles beben nuestra sangre…!” (op cit 85); “¡Ojalá se desposara con la tumba esa necia!”, exclama ofuscada Lady Capuleto ante el rechazo al matrimonio con Paris por parte de Julieta (op cit 88); “¡Y con esta daga acabaré inmediatamente con mi alma!”, amenaza su vida una desesperada Julieta ante Fray Lorenzo (op cit 94); “Recuerdo que soñé que me había muerto (¡extraño sueño que concede a un muerto la facultad de pensar!) y que venía mi esposa e infundía con sus besos en mis labios una vida tan potente y deliciosa, que yo resucitaba y era emperador”, piensa Romeo en voz alta (op cit 111); “Vuestro semblante, desencajado y pálido, anuncia alguna desgracia”, le dice Baltasar a Romeo luego de contarle que Julieta está muerta (op cit 112); “¡Ven cordial, y no veneno; ven conmigo a la tumba de Julieta, que allí debo usarte!”, exclama Romeo al haberle comprado el veneno al boticario (op cit 114); “¡Muerte, un muerto te entierra…! ¡Cuántas veces, cuando los hombres están a punto de expirar, experimentan un instante de alegría, a la que llaman sus enfermeros el relámpago precursor de la muerte”, (op cit 118). Manuela Moore Rueda Romeo y Julieta Y aun así, aun ante esa cantidad de señales, optamos por tener un hilo de esperanza. ¿Es entonces válido, en el caso de Romeo y Julieta, el planteamiento de Denis de Rougemont?, ¿nos emociona la felicidad de los amantes solo por el inminente desenlace fatal? Es posible, porque, a pesar de que cuando leemos por primera vez la obra negamos la posibilidad de una desgracia –a pesar de los múltiples anuncios y debido al ambiente cómico que presenta gran parte de la obra–, sabemos que la amenaza está allí y que es más grande que la esperanza de salvación a la que nos aferramos. La muerte de los amantes hace protagonista a la pasión, pues “es menos amor colmado que la pasión de amor. Y pasión significa sufrimiento. Tal es el hecho fundamental. […]En «pasión» ya no vemos «lo que sufre», sino «lo que es apasionante». Y sin embargo, la pasión de amor significa, de hecho, una desgracia” (Rougemont 16). Desde el momento en el que Romeo cree a su amada muerta declara su fin: no puede soportar la idea de que Julieta ya no le pertenece, de que ya no existe como ser viviente, de que ya no podrá tenerla a su lado; bien dice este sobre su destierro: “¡Es suplicio y no favor! El cielo está aquí, donde vive Julieta […]” (Shakespeare 76). Sacando a la luz que, más allá de religiones, el cielo es el lugar donde habita el amado. Por otro lado, antes de la fingida muerte de Julieta sale a relucir con claridad el triángulo amoroso Romeo-Julieta-Muerte, que produce aparente envidia y celos en Romeo. Dice Coleridge sobre Shakespeare y Romeo y Julieta que

representa un claro ejemplo de su fiel conocimiento de la naturaleza de las pasiones el hecho de que Romeo se presente como ya loco de amor. La necesidad de amar crea un objeto en sí mismo en hombres y mujeres; y aún así hay una diferencia respecto a esto entre los sexos, aunque solo pueda ser conocida a través de su percepción.  Nos habría disgustado si Julieta hubiera sido representada como ya enamorada, o imaginándose a sí misma ya enamorada; pero nadie, creo yo, experimenta algún enojo cuando Romeo olvida a su Rosalinda, que había sido solo un nombre para el anhelo de su imaginación juvenil, y corre hacia Julieta. Rosalinda fue una mera creación de su fantasía; y deberíamos enfatizar la positiva arrogancia de Romeo acerca de un amor de su propia invención, lo que nunca aparece cuando el amor vive realmente cerca del corazón […] (2)

Es importante destacar que la lectura de Coleridge de Romeo y Julieta está enmarcada en una época cuya cultura patriarcal era mucho más fuerte que la de hoy en día, a pesar de que pueda parecer que el enfoque feminista no tiene lugar en esta disertación. Viéndolo desde ese punto de vista, y recordando que Julieta es un personaje de una Verona antigua –probablemente muy anterior al siglo XVI, pues su historia fue posiblemente sacada de un mito, de una historia de calle– sumida en una muy bien arraigada cultura falologocentrista, ciertamente encajan muy bien los papeles de Romeo –como hombre en busca del amor, y por ende del sexo– y Julieta –como la doncella pura que no se preocupa por casarse, por lo que su conducta se asemeja a la de las novicias cristianas–. Manuela Moore Rueda Romeo y Julieta Denis de Rougemont Rosalinda es un amor imposible para Romeo, pues, a diferencia de Julieta, va más allá de una conducta cristiana devota y se convierte en novicia. Romeo encuentra en Julieta reciprocidad y posiblemente la esperanza de poder conseguir más que un simple beso, Julieta probablemente encuentra en Romeo a alguien que puede desarrollar un discurso brillante con soltura; con el suficiente interés para acercarse a ella y conquistarla sin mediaciones de ningún tipo. Se trata entonces, en Romeo y Julieta, la conquista de una doncella difícil –en cuanto a la dificultad para lograr su correspondencia amorosa o al menos su demostración– mediante el uso de la palabra, que la desarma y la abre a la posibilidad del amor. A través de la obra, Julieta demuestra gran habilidad para jugar con lo que dice; igualmente Romeo, que puede sostener a la perfección un discurso con Julieta y Mercucio, cuyas construcciones, en ocasiones, pueden parecer no significar nada, ser simples palabras, pero son imparables e ingeniosas. Un amor iniciado con la palabra llevó a la muerte a cinco personajes: al asesinato, al duelo, al suicidio; y, paradójicamente, a la trascendencia en papel.

Bibliografía

Bloom, Harold. Shakespeare. La invención de lo humano. Bogotá: Norma, 2008

Coleridge, Samuel. Sobre Romeo y Julieta. Trad. Ricardo Hernández Anzola.

Rougemont, Denis de. El amor y Occidente. Buenos Aires: Kairos, 1997.

Shakespeare, William. Romeo y Julieta. Madrid: Edimat Libros, 1999.

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