Luego del cierre de la sucursal de Sr. Frogs de Margarita (Venezuela) y del incremento del precio de Kamy Beach, sin derecho a tragos; empezaron a vislumbrarse opciones distintas en la movida nocturna heterosexual neo espartana.
Yo –caraqueñita navegada de semana santa– había decidido evocar a la perfección todo el glamour y el charlestón de las vedettes del musical Chicago para lanzarme con un numeroso grupo de paraguachirenses a una disco de bien vestidos que, a falta de Sr. Frogs, cuadraba con nuestras pintas.
Por Manuela Moore
En noviembre de 2008, en una concurrida zona de Pampatar, fue inaugurada al ritmo del son salsero de Oscar de D’ León la sala de espectáculos Ruam’s que –además de servir como sede de ferias, simposios y demás eventos– ha venido funcionando de miércoles a sábado como un local nocturno. Sus adeptos están conformados principalmente por lugareños y en menor grado por turistas nacionales; en cuanto a los internacionales, pueden contarse con los dedos.
Ese lunes santo un amigo había invitado a un “cuadre” y esa chama –apenas mayor de edad– había, a su vez, traído consigo a una gran escuela de menores. Todos estaban asustados, todos pensaban que no los dejarían entrar; pero la verdad es que no tenían por qué temer. Si ese día hubiera entrado la policía a Ruam’s habría habido más de un preso, eso es indiscutible; incluso el animador del local felicitó por sus quince años a una eufórica asistente.
La noche transcurrió con la normalidad propia de un lugar envuelto en luces titilantes, gente bailando y música a todo volumen hasta que el locutor solicitó que tres chicas subieran a la tarima. Corrí, empujé, pero no llegué: cuatro y no tres avispadas jóvenes –y posibles menores– habían trepado antes que yo; de todas formas, me quedé cerca. Sus nombres, las respectivas “vuelticas” y entonces el reto: “Tienen que gemir como en su mejor orgasmo”.
Las risas no faltaron y tampoco el bochorno. La primera sonaba falsa y era muy vulgar; la segunda lo hacía bien, aunque dramatizaba poco; las otras dos, margariteñas, huyeron antes de que alguien lo pudiera notar. “Que suba una chica”, dijo el presentador. “Yo puedo hacerlo mejor”, pensé; y antes de que pudiera arrepentirme estaba arriba bailando rock & roll.
«¿Cuál es tu nombre?» preguntó el animador. “Manuela” dije y todo el local enloqueció; entonces gemí, gesticulé: batallé. La cosa quedó entre la primera chica y yo: celulitis vs. vedette. Y el público decidió: gané yo, la vedette, y junto a la botella y la gorra de vodka obtuve la fama. Desde ese momento me saludaban, me coqueteaban, me bailaban; y muchas mujeres me detestaban.
Solo en bachillerato reían de mi nombre al asemejarlo con la expresión adolescente “hacerse la manuela”; volví a tener quince y esta vez disfruté la burla de los chicos con acné.
Un año y medio de inaugurado son muchas noches de juventud a mil por hora; en muchos casos de ilegalidad. Youtube comprueba que más de una vez se ha dado un escenario como este: encontré un video titulado En ruam’s chica atrevida margarita, donde una muchacha, en ese mismo local, hacía un streeper y mostraba los senos y algo más. Entonces comprendí: mi experiencia había sido solamente la Ruam’s gone wild junior’s edition.
Artículo publicado el 30 de mayo de 2012 por Tal Cual Digital: http://www.talcualdigital.com/Nota/visor.aspx?id=71319&tipo=ESP&idcolum=79


